Unifranz inaugura la Catedral de la Innovación que redefine la formación en salud

Por Lily Zurita Zelada

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En Cochabamba, el aire está cambiando por la expectativa de algo que se siente hasta en los huesos: la apertura de la Catedral de la Innovación Académica de Unifranz.

 Esta Catedral no es un edificio de mármol frío y silencio sepulcral, es un organismo vivo que respira, que cuestiona y que, sobre todo, hace. Es la respuesta valiente a un mundo que corre más rápido que nuestros libros de texto. Pero antes, reconozcámoslo: en pleno siglo XXI, la verdadera altura no se mide en metros, sino en ideas, por tanto, quien solo acumula datos es como un náufrago con el mapa de un océano que ya se secó. Necesitamos brújulas.

Un espacio para garantizar buenos profesionales

El primer encuentro con esta nueva realidad ocurre en el CASEM —Centro Avanzado de Simulación de Entrenamiento Médico—. Aquí, la medicina se despoja de su traje señorial y de su teoría pasional para vestirse de piel. 

El CASEM tiene laboratorios con simulación clínica de alto nivel, preparando profesionales listos para escenarios reales de salud.

Como bien dice Jessica Goiabeira, estudiante de Medicina en la Universidad Franz Tamayo (Unifranz), ya siente el pulso de este centro. “La praxis médica necesita escenarios reales para que, cuando estemos frente a un ser humano, el riesgo sea solo un recuerdo”.

En este altar se escucha la respiración, se siente la urgencia y se entiende que un médico no se hace leyendo sobre el dolor, sino aprendiendo a mitigarlo con manos precisas y mente fría. Es el humanismo en su estado más puro: tecnología al servicio de la preservación de nuestra existencia.

El portal donde el mañana se construye hoy

Unos pasos más allá, el ambiente cambia. Entramos al dominio del IA-LAB, el Laboratorio de Inteligencia Artificial, donde se plantea y genera soluciones tecnológicas para la salud.

A menudo le tenemos miedo a lo que no entendemos, y la IA puede parecer un monstruo de metal. Pero en Unifranz, este laboratorio es un portal. Es el espacio donde nos damos cuenta de que el futuro no es ese horizonte lejano que nunca alcanzamos, sino una plastilina que moldeamos con nuestras manos cada mañana. Aquí, la innovación no es una palabra de moda; es una herramienta para expandir lo que somos capaces de imaginar. 

La mesa donde se decide el rumbo del mundo

El Business Lab se presenta como esa Mesa de Decisiones donde el debate no es un ejercicio académico aburrido, sino un simulacro de impacto global. Aquí es donde se forman quienes no esperan a ver lo que pasa, sino quienes toman las decisiones estratégicas. Se trata de un laboratorio para innovación, liderazgo y visión empresarial en salud

“Esta catedral de la innovación es lo que todos necesitamos para asimilar las situaciones reales que se nos presenten más adelante”, asegura Misael López Rojas, otro entusiasta estudiante de Unifranz. Y tiene toda la razón. Porque vivimos en un siglo que no perdona la desactualización, que castiga la pasividad, que premia a quienes se atreven a meter las manos en la realidad.

No se trata de ganar dinero por ganar; se trata de entender que cada decisión financiera tiene un eco humano en la sociedad.

Unifranz lo sabe. Sabe que educar es aprender haciendo; que memorizar no transforma a nadie, pero experimentar sí. Por eso su modelo académico se parece más a una brújula que a un libro cerrado. Una brújula que apunta siempre hacia adelante, hacia la resolución de problemas reales, hacia la creatividad aplicada, hacia una juventud que merece herramientas que no envejezcan antes de tiempo.

El compromiso de no ser los mismos

Educar para transformar no es un eslogan que se pega en una pared; es un pacto de sangre con la juventud. 

Unifranz ha entendido que este siglo XXI exige profesionales que no se quiebren ante la incertidumbre”, previene el vicerrector de la sede Cochabamba, Rolando López. Por eso, esta obra es un símbolo: la luz que el ser humano encendió para no volver a caminar a oscuras.

Y cuando las luces de la Catedral de la Innovación se atenúan, lo que queda no es solo infraestructura de vanguardia. Lo que queda es la certeza de que, al cruzar esas puertas, ya no somos los mismos. 

Y será, también, un gesto de generosidad. Como cuando el ser humano, en la inmensidad de su asombro, prendió por primera vez la chispa del fuego y entendió que no solo podía iluminarse a sí mismo… sino alumbrar a todo su entorno.

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