Síndrome del impostor: tres claves psicológicas para recuperar la confianza personal
Sentirse un fraude pese a los logros alcanzados es una experiencia más común de lo que parece. El llamado síndrome del impostor afecta a estudiantes, profesionales y personas altamente competentes que, aun con evidencia objetiva de su capacidad, viven con el temor constante de no merecer su éxito y de ser “descubiertos” en cualquier momento. Lejos de ser una debilidad individual, la psicología lo reconoce como un fenómeno ampliamente extendido, especialmente en entornos de alta exigencia.
Consuelo Medina, docente en la carrera de Psicología de la Universidad Franz Tamayo (Unifranz), explica que este fenómeno se basa en una percepción distorsionada de uno mismo.
“La persona no logra asimilar sus logros, los minimiza o los atribuye a la suerte, y desarrolla una valoración personal disminuida”, señala la especialista, quien advierte que esta autopercepción suele intensificarse en ámbitos académicos y laborales competitivos.
Un análisis reciente del psicólogo Mark Travers, investigador de la Universidad de Cornell, publicado en la revista Forbes, coincide en que la autocrítica constante y los estándares perfeccionistas son el combustible principal del síndrome del impostor. Travers propone tres estrategias respaldadas por la psicología para enfrentarlo de manera efectiva.
1. Reconocer que no se está solo
Travers subraya que uno de los errores más frecuentes es creer que estas dudas son una señal de incapacidad individual. Sin embargo, incluso figuras históricas como Maya Angelou o Albert Einstein admitieron sentirse impostores pese a sus logros. Para Medina, normalizar estas experiencias es clave: “Aceptar que es una vivencia común reduce la carga emocional y permite buscar apoyo sin vergüenza”, sostiene la psicóloga de Unifranz.
Estudios publicados en el Journal of Further and Higher Education, muestran que hablar abiertamente sobre estas sensaciones fortalece la confianza y ayuda a entender el aprendizaje como un proceso, no como una prueba permanente de valor personal.
2. Abandonar la “trampa del experto” y aceptar el rol de aprendiz
Otra estrategia central consiste en aceptar que no saberlo todo no equivale a ser incompetente. Travers advierte sobre la llamada “trampa del experto”, una creencia que empuja a las personas a exigirse perfección constante. Medina coincide en que este patrón se vincula con la autoexigencia desmedida y el miedo al error, factores que alimentan la ansiedad y el autosabotaje.
“En el ámbito educativo o profesional, este miedo puede llevar a evitar desafíos o a dedicar tiempo excesivo a tareas por temor a equivocarse”, explica Medina. Adoptar una mentalidad de crecimiento, donde el error se entiende como parte del aprendizaje, permite reducir la presión interna y fortalecer la autoestima.
3. Construir evidencia contra el diálogo interno negativo
El síndrome del impostor se sostiene, en gran medida, por un discurso interno autocrítico. Para contrarrestarlo, Travers propone una herramienta concreta: mantener una “carpeta de pruebas” con logros, reconocimientos y comentarios positivos. Esta estrategia ayuda a enfrentar las distorsiones cognitivas que llevan a ignorar la evidencia del propio mérito.
Medina refuerza esta idea al señalar que celebrar los logros, incluso los pequeños, es fundamental para reconstruir la autovaloración. “Reconocer nuestras capacidades y permitirnos aceptar el reconocimiento externo fortalece la confianza personal”, afirma la especialista de Unifranz.
Investigaciones secundarias, como las publicadas en el Australasian Journal of Philosophy, describen el síndrome del impostor como una forma de autoengaño: se descartan las pruebas positivas y se acepta sin cuestionar cualquier indicio de insuficiencia. La evidencia tangible permite romper ese ciclo.
Un proceso posible y necesario
Tanto Travers como Medina coinciden en que superar el síndrome del impostor no es inmediato, pero sí posible. Requiere conciencia, acompañamiento y un cambio progresivo en la manera de interpretarse a uno mismo.
Finalmente, para la académica de Unifranz, “es fundamental dejar de ver el fracaso como una amenaza y entenderlo como una oportunidad de aprendizaje y crecimiento”.
En una cultura que premia la perfección y la competencia constante, enfrentar el síndrome del impostor no solo mejora el bienestar individual, sino que permite habitar los espacios académicos y profesionales con mayor seguridad, autenticidad y equilibrio.