La gastronomía: el idioma que no necesita traducción
Por Leny Chuquimia
El maíz no necesita pasaporte, basta que toque el fuego para que su aroma empiece a contar de dónde viene. Y es que en cualquier parte del mundo los alimentos, los sabores y sus preparaciones pueden ser embajadores que hablan un idioma que no requiere traducciones y que es capaz de servir en la mesa memoria, identidad y diplomacia.
“La cocina nos permite, como salvadoreños, impulsar nuestra diplomacia cultural. ¿Qué significa eso? Llevar a otros países un pedacito de El Salvador, su cultura, su gastronomía e incluso su turismo. Por medio de nuestros sabores pueden conocer acerca de nuestro país y todas sus riquezas”, señala Ana Guadalupe Rivas, embajadora de El Salvador en el Estado Plurinacional de Bolivia.
Rivas fue parte de una masterclass de pupusas salvadoreñas, unas tortillas gruesas de maíz rellenas de queso, frijol o cerdo, corazón culinario de El Salvador. Pero esta vez no se prepararon en un puesto tradicional de su país, sino en una cocina universitaria boliviana, donde los estudiantes descubrieron por primera vez que el sabor también puede ser identidad, memoria y diplomacia.
“La integración de culturas, de personas, de alimentos y de técnicas entre países es fundamental para poder fomentar el turismo gastronómico y crear lazos entre diferentes países. A nivel de formación se convierte en el pilar central para que los estudiantes de artes culinarias aprendan de las raíces de otros países”, enfatiza Allizon Cruz, directora de la carrera de Gastronomía y Arte Culinarias de la Universidad Franz Tamayo (Unifranz).
Un pedacito de país en cada plato
Franco Orihuela, estudiante de primer semestre de Gastronomía, no conocía las pupusas antes de esta experiencia. “Me han parecido muy ricas. Son crocantes por fuera y deliciosas por dentro”, describe. Su entusiasmo va más allá del sabor pues entiende que aprender técnicas de otros países es ampliar la mirada profesional.
Cada país trabaja sus ingredientes con métodos propios. Conocerlos no solo significa replicarlos, sino reinterpretarlos. En esa posibilidad de adaptación y mejora se construye una integración real, no la que borra identidades, sino la que las entrelaza.
Y es que la cocina, a diferencia de otros lenguajes, no necesita traducción. Un plato puede ser nuevo, pero el acto de compartirlo es universal. Para Rivas, estas actividades representan la diplomacia cultural en acción.
La llamada “cadena naranja” —gastronomía, turismo, cultura y entretenimiento— no es solo un concepto económico. En 2025, El Salvador cerró con 4.1 millones de visitantes, una cifra que revela cómo los sabores pueden convertirse en motores de desarrollo. Cada turista que prueba una pupusa no solo consume un alimento, sino que participa en una narrativa nacional.
La gastronomía, en este sentido, es una herramienta diplomática silenciosa pero poderosa. Genera divisas, sí, pero también construye percepciones. Un país puede cambiar su imagen internacional no solo con políticas públicas, sino con experiencias memorables en la mesa.
La pupusa: tradición, familia y memoria
El chef David Ernesto Najarro, uno de los invitados que llegó desde El Salvador, lo explica desde la emoción más que desde la técnica, para él la pupusa es tradición ancestral y unión familiar. En su país se consume en desayuno, almuerzo o cena, pero especialmente los fines de semana, cuando la familia se reúne alrededor de la mesa.
Esa dimensión afectiva es clave en la diplomacia gastronómica. Cuando un plato tiene memoria, tiene también identidad. Y cuando esa identidad se comparte, se vuelve un gesto de confianza.
Durante la jornada, los estudiantes conocieron ingredientes como el loroco —flor comestible emblemática de la cocina salvadoreña— y técnicas que no forman parte del repertorio cotidiano boliviano. A cambio, el chef descubrió productos amazónicos y andinos que abren posibilidades de fusión.
La integración no consiste en que uno imponga su receta sobre otro, sino en encontrar el punto exacto donde ambos sabores dialogan.
La directora de la carrera de Gastronomía insiste en que comprender el origen de los alimentos permite crear, innovar e investigar. La formación culinaria, entonces, no puede ser localista. Un profesional que entiende otras raíces culinarias está mejor preparado para un mercado global.
Cuando las diferencias suman
En América Latina, la diversidad es la norma. Desde la cocina mesoamericana hasta los ingredientes andino-amazónicos, el continente ofrece una despensa infinita. El chef Najarro afirma que “las técnicas pueden ser similares en todo el mundo, pero los sabores son muy diferentes”.
Esa diferencia es una oportunidad. Bolivia posee vegetales y proteínas que no existen en Centroamérica; El Salvador aporta ingredientes y preparaciones desconocidas en el sur. Allí nace la fusión, en el descubrimiento mutuo.
Para ello, así como hay diferencias también se pueden encontrar similitudes. Pendiente a los sabores nuevos y distintos, el estudiante Orihuela halló algo familiar. Para él las pupusas son únicas pero en su singularidad ofrece algo de familiaridad con las arepas cruceñas, en el Oriente boliviano. Ambas preparaciones nacen del maíz, se rellenan y acompañan momentos cotidianos.
En ese paralelismo se revela la esencia de la integración cultural, al descubrir que -pese a las distancias geográficas- compartimos ingredientes, historias y formas de sentarnos a la mesa. Esto muestra que si bien la gastronomía es memoria, identidad y economía, sobre todo, es encuentro pues donde hay fronteras un plato caliente puede abrir caminos.
Quizá esa sea la forma más efectiva de diplomacia, la que se sirve en un plato y se comparte sin necesidad de discursos.