Economía circular impulsa prácticas responsables para la sostenibilidad y la reutilización de recursos

Por Aldo Juan Peralta Lemus

Las prácticas responsables en economía circular no solo buscan reducir residuos, sino redefinir la relación con los recursos.

La economía circular es una alternativa necesaria para transformar los modelos de producción y consumo. A diferencia del sistema tradicional —basado en producir, usar y desechar—, este enfoque propone alargar la vida útil de los productos y reintegrarlos al ciclo productivo. 

Para Xiomara Zambrana, directora del Instituto de la Mujer & Empresa (IME) de la Universidad Franz Tamayo (Unifranz), sostiene que “La economía circular es donde, en vez de utilizar un producto, producir el producto y luego desecharlo (como es la economía lineal), lo que hacemos es tratar de mantener el máximo posible ese producto en el tiempo, asegurándonos de que empiece a cerrar ciclos, es decir, viendo si lo podemos reintegrar o reutilizar”, explica.

Este modelo se sustenta en prácticas responsables como la reducción, reutilización y reciclaje, conocidas como las 3R. En la vida cotidiana, esto implica desde planificar compras para evitar desperdicios hasta optar por productos duraderos o con menos empaques. 

Estas acciones pueden reducir el consumo de materias primas entre un 20% y 30%, generando beneficios tanto ambientales como económicos. En esa línea, Zambrana enfatiza que “La innovación dentro de la economía circular consiste en evitar que la linealidad suceda y encontrar formas de reutilizar, reparar o transformar los productos para darles una nueva vida”.

Uno de los espacios donde estas prácticas cobran especial relevancia es en la gastronomía. La correcta gestión de residuos en cocinas y restaurantes permite cerrar ciclos y generar nuevos recursos. 

Alizon Cruz, directora de la carrera de Gastronomía y Artes Culinarias en Unifranz, explica que: “Cuando nosotros empezamos a clasificar todo lo que son las mermas, los residuos que se generan en los negocios, directamente es un beneficio para que se pueda volver a reutilizar o convertir compostaje, que es factible y que cumple la cadena circular: cosecha, siembra, recolección de producto y obviamente es lo que llega a los restaurantes”, explica la académica. 

Este proceso no solo reduce residuos, sino que también disminuye emisiones contaminantes como el metano, al evitar que los desechos orgánicos lleguen a rellenos sanitarios.

Además del compostaje, la reutilización creativa de alimentos —como aprovechar cáscaras o restos para caldos e infusiones— y la donación de excedentes contribuyen a una gestión más eficiente y solidaria. Estas prácticas generan impactos positivos en tres dimensiones: ambiental, al reducir la contaminación; económica, al optimizar recursos; y social, al promover hábitos responsables y apoyar a comunidades.

Sin embargo, el cambio hacia la circularidad no es solo técnico, sino también cultural. “La basura no existe en la naturaleza. Un bosque no tiene un camión recolector que pase un día. No lo necesita, porque nada desperdicia, lo que cae vuelve a la tierra. Lo que parece el final es el principio. Es un sistema tan eficiente y para imitar, que resulta irónico que nosotros hayamos desarrollado como humanidad lo contrario”, sostiene Zambrana . Esta reflexión evidencia que el problema no es solo de gestión, sino de concepción del consumo.

En este proceso, la educación juega un rol clave. Formar profesionales capaces de diseñar productos sostenibles, implementar logística inversa y tomar decisiones basadas en datos es fundamental para acelerar la transición. 

Los proyectos integradores de Unifranz muestran cómo la economía circular se aplica en la práctica a través de iniciativas innovadoras. Algunos de ellos destacan: Arakuaa, que transforma botellas PET en fibras textiles; el extrusor verde, que convierte plástico reciclado en filamento para impresión 3D; y ReUseTech, una plataforma digital que promueve la reutilización y donación de dispositivos electrónicos. Estos proyectos reflejan el uso de la tecnología y la creatividad para reducir residuos y generar soluciones sostenibles.

Como señala Zambrana, la transformación no empieza en el contenedor, sino en la forma de pensar y actuar de quienes producen, consumen y emprenden.

Las prácticas responsables en economía circular no solo buscan reducir residuos, sino redefinir la relación con los recursos. Adoptarlas implica avanzar hacia un modelo más eficiente, sostenible y consciente, donde cada acción —desde una cocina hasta una empresa— contribuye a cerrar ciclos y generar valor a largo plazo.

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