Más allá del título: cómo las universidades impulsan la empleabilidad de sus egresados

Obtener un título universitario ya no es garantía de empleo. En un mercado laboral atravesado por la transformación tecnológica, la competencia global y la automatización, las instituciones de educación superior enfrentan el desafío de preparar profesionales capaces no solo de saber, sino de hacer, adaptarse y resolver problemas reales. 

El informe “Breaking barriers: the role of higher education in advancing employability for all” del Instituto Internacional de la UNESCO para la Educación Superior en América Latina y el Caribe (UNESCO-IESALC), publicado el año pasado, advierte que la expansión de la matrícula universitaria no ha sido acompañada por un crecimiento equivalente de empleos cualificados, lo que ha generado desempleo, subempleo y desajuste entre formación y ocupación.

“Los nuevos profesionales deberían egresar con una combinación de competencias técnicas como el dominio de habilidades específicas de su campo, manejo de herramientas y tecnologías relevantes, y capacidad para aplicar conocimientos teóricos en situaciones prácticas. También son esenciales las competencias blandas como habilidades de comunicación, liderazgo, trabajo en equipo, resolución de problemas, pensamiento crítico y adaptabilidad”, señala Ronald Bedregal, coordinador del Observatorio Nacional del Trabajo (ONT) de la Universidad Franz Tamayo (Unifranz) 

La afirmación del experto coincide con uno de los principales hallazgos del IESALC: el mercado laboral valora cada vez más las competencias transversales —como la comunicación efectiva, la adaptabilidad o el pensamiento crítico— por encima de la acumulación de contenidos teóricos. Estas habilidades permiten a los egresados desenvolverse en trayectorias laborales no lineales, donde cambiar de rol o sector será cada vez más común.

Otro factor decisivo es la experiencia práctica durante la formación. El informe de la UNESCO señala que las pasantías, proyectos con empresas y modalidades de aprendizaje basado en el trabajo aumentan significativamente las probabilidades de inserción laboral, aunque su acceso no siempre es equitativo. Estudiantes de contextos vulnerables suelen tener menos redes de contacto y más dificultades para acceder a prácticas remuneradas, lo que profundiza las desigualdades.

En esa línea, Bedregal destaca que las universidades pueden acortar la brecha entre academia y empleo mediante programas de pasantías obligatorias, educación cooperativa —que combina estudio y trabajo remunerado—, ferias laborales y orientación profesional personalizada. Estas estrategias permiten que el estudiante construya experiencia antes de egresar y desarrolle redes de contacto clave.

“Algunas universidades se han quedado en un estilo de educación tradicional, siguiendo esquemas y formatos duros, muy poco flexibles, que se enfocan más en el desarrollo académico conceptual que en el entendimiento de lo que el país o el empresariado necesita en este momento”, argumenta.

Para Pablo Ardaya, director nacional de Capital Humano de Unifranz, la desconexión entre la oferta educativa y las demandas productivas es uno de los principales obstáculos para la empleabilidad. El informe del IESALC respalda esta visión al señalar que los sistemas universitarios han tendido a privilegiar contenidos disciplinares, mientras que el mundo del trabajo exige habilidades transferibles y alfabetización digital.

La transformación tecnológica es otro elemento clave. Nuevas profesiones emergen mientras otras desaparecen o se redefinen, lo que obliga a los graduados a actualizarse de forma permanente. El organismo internacional plantea que la educación superior debe evolucionar hacia un modelo de aprendizaje a lo largo de la vida, con programas flexibles, microcredenciales y formación continua.

“Lo que los empleadores están buscando es gente que sepa resolver problemas. Las competencias blandas o conocimientos técnicos cumplen un rol fundamental, pero más que tener estas competencias, hay que saber aplicarlas en la resolución de problemas cotidianos y grandes, que requieran de la creatividad”, acota Ardaya.

La capacidad de aplicar el conocimiento en contextos reales aparece así como el verdadero diferencial. No basta con dominar herramientas o teorías: se requiere criterio, iniciativa y creatividad para enfrentar situaciones complejas, especialmente en entornos laborales cambiantes.

El informe de la UNESCO también subraya la dimensión social de la empleabilidad. Mujeres, personas con discapacidad, estudiantes de primera generación universitaria y poblaciones rurales enfrentan barreras adicionales para acceder a empleos formales, incluso con títulos. Por ello, la empleabilidad no es solo un reto educativo, sino también de equidad.

“Las universidades deben integrar competencias digitales, innovación y emprendimiento para que los egresados puedan insertarse en una economía colaborativa y competitiva”, explica el organismo internacional.

Desde Unifranz, la apuesta por el emprendimiento y la vinculación con el sector productivo apunta precisamente a diversificar las oportunidades de inserción laboral, no solo como empleados, sino también como creadores de proyectos propios. El IESALC coincide en que las universidades deben promover ecosistemas de innovación que preparen a los estudiantes para generar empleo, especialmente en economías donde el mercado formal no absorbe a todos los graduados.

En este contexto, la empleabilidad se redefine como un proceso que comienza antes de la graduación y continúa durante toda la vida profesional. Oficinas de carrera, redes de egresados, mentorías y alianzas con empresas se convierten en herramientas estratégicas para facilitar la transición al mundo laboral.

Más allá del diploma, lo que hoy determina el éxito de un egresado es su capacidad de aprender continuamente, adaptarse a los cambios y aportar soluciones. Las universidades que comprendan esta transformación no solo formarán profesionales, sino ciudadanos preparados para construir su propio futuro en un mundo incierto.

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