¿Aprender o hacer? En Unifranz ambas cosas van de la mano

By Leny Chuquimia

En la educación tradicional, el conocimiento suele avanzar por partes: una materia, un examen, un resultado. En el modelo educativo transformador de la Universidad Franz Tamayo (Unifranz), esa lógica se rompe. El aprendizaje se articula en torno a una experiencia continua donde todo converge en un mismo punto, el proyecto integrador.

“Los proyectos integradores son una de las expresiones más potentes de nuestro modelo educativo, transforman el aprendizaje en una experiencia articulada con sentido y conectada con la realidad. Los estudiantes integran saberes de diferentes asignaturas para afrontar retos similares a los de la vida laboral”, señaló Gustavo Montaño, vicerrector académico nacional de Unifranz.

Lejos de ser un complemento, estos proyectos se han convertido en el eje que organiza la formación universitaria. Son el espacio donde el estudiante no solo aprende, sino que demuestra lo que es capaz de hacer frente a desafíos reales, fruto del aprender haciendo.

“El estudiante no pasa primero por un proceso teórico, al contrario, desde el primer semestre realiza actividades prácticas que le permiten contextualizar su futuro entorno laboral”, explica Caroline Ayala,coordinadora nacional de Desarrollo Curricular de Unifranz. 

Cómo nacen los proyectos integradores

Los proyectos integradores son la herramienta con la que los estudiantes pasan del contenido al desafío. Ayala explica que no aparecen al final de la carrera ni funcionan como una práctica aislada, sino que forman parte de una estructura progresiva que acompaña al estudiante desde su ingreso a una carrera hasta su egreso.

“Nuestra estructura tiene el proyecto integrador como un pilar desde el primer semestre. Nace de retos y problemas con distintos niveles de complejidad que el estudiante va resolviendo con soluciones que se desarrollan y profundizan a lo largo de toda su formación”, señala.

Esto significa que cada semestre plantea nuevos desafíos, cada vez más exigentes, que obligan al estudiante a integrar conocimientos de distintas materias. El aprendizaje deja de ser lineal y se convierte en un proceso acumulativo, donde cada experiencia construye sobre la anterior.

Pero lo más relevante es el tipo de problemas que se abordan. No se trata de ejercicios hipotéticos, sino de situaciones conectadas con entornos laborales reales. Así, el estudiante no sólo adquiere conocimientos, sino que aprende a utilizarlos en contextos concretos.

Demostrar competencias en acción

El protagonismo de los proyectos integradores también transforma la evaluación. En lugar de exámenes tradicionales, el desempeño del estudiante se mide a través de su capacidad para resolver, crear y proponer soluciones.

“Nosotros no dejamos de evaluar, más bien cambiamos el qué y el cómo evaluamos. En lugar de exámenes memorísticos, realizamos proyectos, retos y actividades donde el estudiante demuestra las competencias que está desarrollando”, afirma la coordinadora.

Este enfoque permite evidenciar habilidades que antes quedaban fuera del radar académico. No solo se evalúan competencias técnicas, sino también capacidades humanas fundamentales en el entorno laboral actual.

“El estudiante demuestra no solo sus competencias profesionales, sino también competencias humanas, que son muy importantes y que tradicionalmente no eran tomadas en cuenta”, añade.

Pensamiento crítico, trabajo en equipo, comunicación y toma de decisiones dejan de ser conceptos abstractos para convertirse en criterios concretos de evaluación.

El vínculo con el mundo laboral

El impacto de los proyectos integradores se vuelve más evidente cuando se observa su relación con la empleabilidad. Al trabajar de manera constante con problemas reales, los estudiantes desarrollan una lógica de resolución que responde a las demandas del mercado.

“Las empresas no buscan personas que memoricen teoría, sino que puedan resolver problemas. Por eso formamos estudiantes capaces de hacerlo”, sostiene Ayala.

Desde etapas tempranas, el estudiante adquiere experiencia práctica que le permite entender cómo funciona su campo profesional y cómo puede aportar en él. El resultado es un perfil que no espera a graduarse para enfrentarse al mundo laboral, sino que se construye en paralelo a su formación académica.

Asimismo, los proyectos integradores no operan de manera aislada. Se articulan con otros componentes del modelo educativo transformador que refuerzan la lógica del aprendizaje aplicado.

Las menciones permiten al estudiante elegir una ruta de especialización dentro de su carrera, alineando su formación con sus intereses y con las demandas del mercado. “Le ayudan a encontrar el camino que desea seguir”, explica Ayala.

Por su parte, las microcredenciales introducen un sistema de certificación progresiva. “Son certificaciones específicas relacionadas con su carrera que le permiten desarrollar capacidades de manera temprana”, señala.

El valor de los proyectos integradores radica en su capacidad para cambiar el sentido mismo de la educación. Ya no se trata de aprobar materias y recordar contenidos, sino de construir experiencia y aplicar lo aprendido con propósito.

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