Economía naranja en Bolivia: cómo formar talento para impulsar las industrias creativas
El conocimiento y la innovación ganan terreno frente a los modelos extractivos tradicionales. En este escenario, la economía naranja emerge como una alternativa estratégica para países como Bolivia. Este enfoque, centrado en el talento, la creatividad y la propiedad intelectual, no solo redefine la generación de riqueza, sino que también plantea nuevos desafíos en educación, políticas públicas y desarrollo productivo.
La economía creativa —o naranja— abarca sectores como la cultura, el diseño, el software, la gastronomía y la educación. Su valor radica en lo intangible: ideas, innovación y capacidades humanas. En Bolivia, este sector ya representa una parte significativa del tejido económico y social, aunque todavía enfrenta limitaciones estructurales que frenan su expansión.
“La economía naranja se basa en dos pilares: la creatividad del ser humano y la cultura de las civilizaciones”, señala Rolando López, vicerrector de la Universidad Franz Tamayo (Unifranz) sede Cochabamba.
En el marco del Día Mundial del Emprendimiento, que se celebra cada 16 de abril, esta visión cobra especial relevancia al poner en el centro la capacidad de las personas para transformar ideas en proyectos con impacto económico y social. La fecha busca precisamente fomentar la cultura emprendedora, visibilizar el aporte de los innovadores y promover el desarrollo de iniciativas sostenibles.
“Es una economía donde los actores principales no se habían percibido como importantes económicamente, pero hoy son fundamentales en el diseño de nuevos bienes y servicios”, indica López, en línea con los objetivos de esta conmemoración que impulsa la innovación y el reconocimiento del talento como motor de desarrollo.
A partir de esta base, la discusión se traslada a las condiciones necesarias para que este modelo prospere en Bolivia. El economista Santiago Laserna advierte que el desarrollo de la economía creativa exige transformaciones estructurales, especialmente en el ámbito educativo.
“La única manera de potenciar la economía creativa en Bolivia es por medio de tener una masa crítica de capital intelectual creativo en la población”, señala Laserna.
Asimismo, plantea que este enfoque puede convertirse en una vía para diversificar la economía nacional y reducir la dependencia de sectores tradicionales:
“La economía creativa representa una salida más sostenible y diversificada, basada en la innovación y la creatividad, menos dependiente de grandes inversiones de capital”, dice Laserna.
En este contexto, la formación de talento emerge como un eje central. La necesidad de impulsar habilidades creativas, fomentar la innovación desde edades tempranas y flexibilizar los sistemas educativos se vuelve clave para consolidar un ecosistema capaz de sostener industrias culturales y tecnológicas.
En una dimensión más específica, el desarrollo de emprendimientos tecnológicos y startups refleja cómo la economía naranja se materializa en nuevas dinámicas productivas. Laura Zerain, investigadora de la Fundación Friedrich Ebert Stiftung, explica el rol de estos actores en el ecosistema:
“Las startups buscan una aceleración y un crecimiento hacia fuera, con un fuerte componente tecnológico orientado a solucionar problemas”, señala Zerain.
Sin embargo, también advierte sobre las limitaciones que enfrentan en el país, particularmente en el acceso a financiamiento:
“El capital de riesgo permite que las startups puedan impulsarse y acelerarse, pero en Bolivia aún es limitado, lo que dificulta su crecimiento”, indica Zerain.
Estas iniciativas no solo impulsan la innovación, sino que también transforman el mercado laboral, generando nuevas formas de empleo y promoviendo una cultura emprendedora más dinámica. En ese sentido, la economía naranja no se limita a sectores culturales, sino que se expande hacia el ámbito tecnológico, donde el talento y la creatividad se convierten en activos estratégicos.
En Bolivia, el desafío radica en articular educación, políticas públicas y financiamiento para consolidar este modelo. La formación de talento para industrias creativas no es solo una necesidad sectorial, sino una apuesta país para insertarse en la economía del conocimiento y proyectar su potencial hacia escenarios globales.