Prohibición del uso de celulares en las aulas: ¿medida educativa necesaria o restricción innecesaria?

La presencia de teléfonos celulares en las aulas se ha convertido en uno de los temas más debatidos en el ámbito educativo a nivel mundial. La masificación de los smartphones, el acceso permanente a redes sociales, videojuegos y plataformas digitales ha generado nuevas dinámicas de aprendizaje, pero también ha despertado preocupaciones crecientes sobre la adicción digital, la distracción en clase y los riesgos para la salud mental de niños y adolescentes.

El debate no es nuevo, pero se ha intensificado en los últimos años a medida que diversos estudios advierten sobre los efectos negativos del uso excesivo del celular en el rendimiento académico, el sueño, la autoestima y las relaciones interpersonales de los estudiantes. Frente a este escenario, distintos países comenzaron a discutir regulaciones más estrictas, mientras otros apuestan por un uso pedagógico y regulado de la tecnología.

En Bolivia, esta discusión tomó un giro concreto con la Resolución Ministerial 01/2026, mediante la cual el Ministerio de Educación prohibe el uso de teléfonos celulares en las aulas tanto para estudiantes como para docentes, con el objetivo de “garantizar un ambiente seguro y enfocado en el aprendizaje” durante la gestión escolar. La normativa establece que los dispositivos no deben ser utilizados dentro del aula y que su uso queda restringido al ámbito administrativo, marcando un punto de partida clave para el debate nacional.

Para algunos especialistas, sin embargo, la prohibición absoluta no es la solución. Ricardo Román, director del colegio Alberto Blest Gana de Chile, sostiene que el problema no radica en la tecnología en sí, sino en la forma en que se la integra al proceso educativo. 

“Bien regulados y enfocados, (los celulares) pueden ser útiles para generar aprendizajes profundos y significativos en todas las asignaturas y niveles”, afirma Román, quien considera que el verdadero desafío está en actualizar los procesos pedagógicos y situar al estudiante como protagonista del aprendizaje.

Desde su perspectiva, la evidencia pedagógica es clara. “Las y los jóvenes aprenden haciendo cosas que les hacen sentido, donde puedan experimentar e implicarse en un ambiente de confianza y afecto”, explica Román, destacando que la motivación y el vínculo con el docente son factores determinantes, más allá de la presencia o ausencia de pantallas en el aula.

Una mirada complementaria es la que aporta Liudmila Loayza, directora de la carrera de Psicología de la Universidad Franz Tamayo (Unifranz). La académica reconoce que la tecnología ya forma parte de los sistemas educativos modernos, incluso mediante herramientas como la robótica o la inteligencia artificial. No obstante, advierte que el uso sin control puede generar consecuencias negativas. 

“El uso incontrolado del Internet y teléfono celular podría ser un aspecto negativo en el desarrollo del niño”, señala Loayza, subrayando que la falta de supervisión incrementa la exposición a riesgos digitales.

Entre esos riesgos, Loayza enumera problemas de privacidad, suplantación de identidad, adicción a redes sociales, ciberbullying, grooming, sexting, sextorsión y la propagación de noticias falsas. A su juicio, estos factores explican por qué muchos Estados optan por medidas restrictivas, como la adoptada en Bolivia, priorizando la protección de la niñez y adolescencia.

La investigación titulada “Uso de teléfonos celulares inteligentes en estudiantes de preparatoria y su influencia en el rendimiento académico” realizada en 2017 en México, revela que el 88% de los estudiantes que poseen un celular lo lleva siempre a la escuela, y que el 94% de los docentes considera que su uso afecta el rendimiento académico. Desde la mirada estudiantil, el 47% reconoce que el uso de redes sociales en clase afecta “un poco” sus calificaciones, mientras que un 12% admite que lo hace “mucho”.

El mismo estudio identifica fenómenos como el phubbing, es decir, prestar más atención al celular que al docente, y hábitos preocupantes como dormir con el teléfono al alcance de la mano o incluso debajo de la almohada, lo que evidencia un alto nivel de dependencia digital entre los jóvenes.

La prohibición del uso de teléfonos celulares en las aulas, impulsada por el Ministerio de Educación, no solo apunta a reducir distracciones, sino también a cuestionar prácticas de aprendizaje cada vez más extendidas, como la dependencia del “copiar y pegar” información desde internet o herramientas de inteligencia artificial. 

Tal como advierten especialistas en el debate educativo, el acceso permanente al celular tiende a fomentar un aprendizaje superficial, inmediato y poco reflexivo, donde el estudiante consume respuestas en lugar de construir conocimiento. En ese contexto, la restricción busca recuperar la atención, la concentración y el rol activo del estudiante dentro del proceso formativo.

Frente a esta medida, el modelo de aprender haciendo se presenta como una alternativa pedagógica coherente con el espíritu de la normativa. Cuando el estudiante investiga, experimenta, analiza errores y resuelve problemas reales, el celular deja de ser una herramienta central y la inteligencia artificial pierde su función de atajo académico. 

El aprendizaje se produce a partir de la acción y la reflexión, no de la reproducción automática de contenidos. Así, la educación práctica demuestra que, cuando el estudiante hace, no necesita depender del copy paste, sino de su criterio, pensamiento crítico y capacidad para aplicar lo aprendido en contextos reales.

En este contexto, la prohibición del uso de celulares en las aulas bolivianas aparece como una respuesta preventiva frente a un problema complejo. No obstante, el debate sigue abierto: mientras algunos ven en la medida una oportunidad para recuperar la concentración y la interacción presencial, otros advierten que se pierden posibilidades de innovación pedagógica y de alfabetización digital responsable.

El desafío, coinciden los especialistas, será encontrar un equilibrio entre control y aprovechamiento educativo. Como reflexiona Loayza, “la tecnología tiene que ser una aliada para nuestras vidas y no un perjuicio ni una incomodidad en la vida de nuestros hijos”. La discusión sobre los celulares en las aulas, lejos de cerrarse con una resolución, recién comienza.

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