Pedagogía sensible al género: el reto de llevar la equidad al aula, más allá del discurso
Hablar de calidad educativa sin incorporar el enfoque de género ya no es sostenible. Durante años se asumió que enseñar “por igual” garantizaba justicia; sin embargo, la evidencia en aulas y estudios especializados demuestra lo contrario: la igualdad formal no asegura una participación equitativa ni las mismas oportunidades de aprendizaje.
Este enfoque cobra especial relevancia en un contexto donde la educación busca formar estudiantes críticos, pero aún arrastra sesgos invisibles. La pedagogía sensible al género propone, justamente, reconocer que las diferencias en el aula no responden únicamente a capacidades, sino también a factores como las expectativas sociales, el lenguaje, la evaluación y las dinámicas cotidianas.
Para Alejandro Zegarra Saldaña, vicerrector adjunto de la Universidad Franz Tamayo (Unifranz) en Santa Cruz, “la pedagogía sensible al género no es una concesión ideológica; es una exigencia de calidad. Obliga a preguntarnos quién participa más, quién lidera y quién queda en silencio”.
¿Qué ocurre dentro del aula?
Si bien el debate educativo ha avanzado en garantizar el acceso, la equidad real se juega dentro del aula en las escuelas. No basta con que niñas y niños compartan el mismo espacio; lo determinante es cómo interactúan en él.
¿Quién responde primero? ¿Quién lidera los grupos? ¿Quién recibe más retroalimentación? Estas preguntas, aparentemente simples, permiten identificar patrones que pueden potenciar o limitar el desarrollo de los estudiantes.
En esa línea, diversos marcos internacionales coinciden en que la pedagogía sensible al género debe integrarse en toda la experiencia educativa: desde la planificación hasta la evaluación. Esto implica revisar materiales, lenguaje, dinámicas de participación y organización del aula.
“Muchos docentes no actúan con intención discriminatoria, pero sí reproducen patrones heredados. Por eso la formación es clave”, advierte Zegarra y añade que “no se trata solo de buena voluntad, sino de aprender a mirar el aula con otros ojos”.
Estereotipos que se enseñan sin decirlo
Gran parte de la desigualdad no se expresa de forma explícita, sino a través de prácticas cotidianas. El lenguaje docente, los ejemplos utilizados o los roles asignados pueden reforzar estereotipos de género sin necesidad de mencionarlos directamente.
Si las niñas aparecen con menor frecuencia en ejemplos científicos o los niños son incentivados más a experimentar, el mensaje es claro, aunque no se verbalice. La escuela no solo transmite conocimientos; también moldea expectativas.
“En muchos casos, los docentes no son conscientes de sus propios sesgos (…). Al momento de gestionar el aula, planificar las actividades o distribuir la participación, pueden reproducir —sin darse cuenta— prácticas que favorecen a los niños en detrimento de las niñas”, reflexiona el académico.
Este fenómeno impacta directamente en la construcción de aspiraciones. Así, profesiones como la ingeniería o la tecnología continúan percibiéndose como espacios masculinos, no por falta de capacidad, sino por una socialización que condiciona decisiones desde edades tempranas.
STEM: una oportunidad para transformar la educación
Frente a este escenario, la educación STEM se presenta como una herramienta poderosa para democratizar el aprendizaje y fomentar habilidades clave como el pensamiento crítico, la resolución de problemas y el trabajo colaborativo. No obstante, su potencial transformador depende, en gran medida, de cómo se implemente.
Actualmente, las cifras evidencian un desafío importante: solo tres de cada diez estudiantes que eligen carreras STEM son mujeres, y de ellas, únicamente dos logran concluir sus estudios. Detrás de estos números no hay una falta de talento, sino barreras culturales y educativas que persisten.
“Es típico escuchar que las ingenierías no son para las mujeres. El sistema todavía empuja esta preferencia por áreas STEM para varones y no así para mujeres”, advierte Zegarra.
Por ello, para que STEM se convierta en una verdadera herramienta de equidad, es necesario incorporar una pedagogía sensible al género. Esto supone transformar no solo los contenidos, sino también las prácticas dentro del aula, con acciones clave como la implementación de rúbricas objetivas para reducir la subjetividad en la evaluación, el uso de lenguaje inclusivo, la distribución equitativa de la participación y la asignación de roles libres de estereotipos.
“Es necesario objetivizar los procesos de evaluación, porque el sesgo no solo puede darse entre niños y niñas, sino incluso entre estudiantes del mismo género”, explica el académico. Asimismo, promover que las niñas asuman roles de liderazgo en proyectos STEM y generar espacios seguros de participación puede marcar una diferencia significativa en su desarrollo académico.
Un enfoque STEM con perspectiva de género plantea la necesidad de entornos inclusivos, metodologías diversas, trabajo colaborativo y expectativas equitativas. En este sentido, la evidencia desmonta la idea de que las diferencias responden a intereses “naturales”.
La pedagogía sensible al género no reduce exigencias ni establece privilegios. Por el contrario, busca distribuir oportunidades de manera más justa, permitiendo que el potencial de cada estudiante se desarrolle plenamente.
“La educación del futuro no puede seguir enseñando con los prejuicios del pasado”, sostiene Zegarra. “Una buena pedagogía no etiqueta capacidades; crea posibilidades”.
El desafío, entonces, es pasar del discurso a la práctica. Porque la equidad no se decreta: se construye en cada clase, en cada interacción y en cada decisión pedagógica.