Cómo la crisis global impacta en la economía y abre oportunidades en nuevos sectores

La intensificación de los conflictos internacionales —particularmente en Medio Oriente— vuelve a poner presión sobre economías dependientes de la energía importada. En el caso de Bolivia, el alza del precio del petróleo derivada de la guerra en Irán y la creciente tensión geopolítica global está generando efectos directos en la inflación, el comercio exterior y las finanzas públicas. Sin embargo, el nuevo contexto también abre oportunidades para diversificar la matriz productiva y fortalecer otros sectores exportadores.

Ronald Bedregal, director de la carrera de Ingeniería Económica de la Universidad Franz Tamayo (Unifranz), explica que el conflicto tiene un impacto inmediato en el mercado energético mundial.

“Irán es un productor relevante (alrededor del 4% de la oferta mundial) y el Estrecho de Ormuz concentra cerca del 20% del comercio global de petróleo. Los ataques recientes contra instalaciones energéticas iraníes han generado una interrupción brusca en la producción y el transporte, lo que reduce la oferta disponible y eleva los precios por temor a escaladas”.

La reacción del mercado ha sido rápida. Según datos de referencia internacional, los precios del crudo Brent y WTI llegaron a superar los 100 dólares por barril en los primeros días de la escalada, un nivel que no se registraba desde hace más de tres años. Para países importadores de combustibles derivados, como Bolivia, esto se traduce en mayores costos de abastecimiento.

“En el caso de Bolivia, el impacto es netamente negativo. Bolivia es productora de hidrocarburos, pero importadora neta de derivados como gasolina y diésel”, señala el experto.

En la última década, la dependencia externa se ha incrementado de manera significativa. Las importaciones de combustibles pasaron de 1.257 millones de dólares en 2015 a 2.681 millones en 2024, mientras que la producción interna de petróleo cayó cerca de 62% respecto a los niveles de 2014. Este escenario hace que cualquier incremento en el precio internacional del crudo se refleje rápidamente en la balanza comercial y en los costos internos.

El efecto se amplifica porque los combustibles son un insumo transversal para la economía. Transporte, agricultura mecanizada, industria y logística dependen del diésel y la gasolina para operar. Cuando estos suben, la presión inflacionaria se traslada a toda la cadena de producción.

“El petróleo y sus derivados representan un porcentaje elevado del costo del transporte de carga, la agricultura mecanizada, la generación térmica de electricidad y la distribución de bienes de consumo”, explica Bedregal.

La consecuencia es una inflación impulsada por costos. Los aumentos en el precio del combustible se trasladan a los fletes, al precio de los alimentos y finalmente al consumidor. La inflación anual en Bolivia cerró 2025 en 20,40%, la más alta en casi cuatro décadas, reflejando en parte estos desequilibrios.

No obstante, algunas medidas recientes han modificado el impacto fiscal del encarecimiento del petróleo. La eliminación del subsidio generalizado a los combustibles y la apertura a importaciones privadas redujeron la carga directa sobre el presupuesto estatal.

“Esto implica que los precios internos ahora se ajustan más rápidamente al mercado internacional, pero también que el impacto fiscal se reduce”, afirma.

Más allá de los riesgos inmediatos, el economista sostiene que el escenario internacional también puede impulsar cambios estructurales necesarios para la economía boliviana. La volatilidad energética, sumada a tensiones geopolíticas y cadenas logísticas más frágiles, obliga a repensar la estrategia productiva del país.

Entre las oportunidades emergentes destacan sectores como la minería, los biocombustibles, la agroindustria y la mejora de la eficiencia logística. De hecho, los minerales ya están mostrando su peso en el comercio exterior: en enero de 2026, Bolivia registró un superávit comercial de 377 millones de dólares impulsado en gran parte por exportaciones mineras.

La diversificación energética también aparece como un camino estratégico. El desarrollo de biocombustibles, la modernización del transporte y una mayor inversión en exploración podrían reducir la dependencia de combustibles importados en el mediano plazo.

“Un contexto internacional más incierto puede acelerar decisiones que Bolivia necesita de todos modos, como diversificar su matriz energética, ampliar biocombustibles y reducir gradualmente la dependencia de importaciones”, concluye Bedregal.

En un escenario global marcado por guerras, tensiones comerciales y mercados energéticos volátiles, Bolivia enfrenta un doble desafío: gestionar los efectos inmediatos del encarecimiento del petróleo y, al mismo tiempo, aprovechar la coyuntura para impulsar una economía más diversificada y resiliente.

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