Vacuna contra la influenza: entre mitos virales y miedos reales que frenan la prevención
La desinformación sobre la vacuna contra la influenza sigue alimentando la resistencia social, incluso en contextos donde la evidencia científica es clara. Especialistas advierten que no vacunarse no solo pone en riesgo a una persona, sino a toda la comunidad.
María de la Cruz Ayala, madre de dos niños que radica en Cochabamba, dudó durante semanas antes de vacunar a su hijo menor. Un video en redes sociales aseguraba que la vacuna contra la influenza podía “causar la enfermedad”. La incertidumbre la paralizó. Como ella, miles de personas enfrentan una avalancha de información contradictoria que influye en decisiones clave sobre su salud.
Uno de los principales desafíos en la lucha contra la influenza no es médico, sino informativo. La circulación de mitos y noticias falsas ha debilitado la confianza en la vacunación.
“Uno de los mitos más frecuentes es la creencia de que la vacuna contra la influenza produce la enfermedad, lo cual es incorrecto”, explica Karen Ramos, docente en la carrera de Medicina de la Universidad Franz Tamayo (Unifranz).
La especialista aclara que las vacunas contienen virus inactivados o fragmentos virales incapaces de generar infección. Sin embargo, estas ideas erróneas persisten.
“Estos mitos se mantienen por la rápida difusión de información no verificada en redes sociales y por la falta de educación en salud basada en evidencia”, agrega Ramos.
Otro error común es pensar que solo las personas mayores deben vacunarse. Esta percepción subestima el rol de niños, jóvenes y adultos sanos en la transmisión del virus.
En abril, el Ministerio de Salud puso en marcha la campaña nacional de vacunación contra la influenza estacional 2026, con una dotación de 1.780.000 dosis distribuidas en todo el país. Del total, 370.000 están destinadas a población pediátrica y 1.410.000 a adultos.
La inmunización está dirigida a grupos priorizados, entre ellos bebés de 6 meses a 2 años, niños de 3 a 12 años, mujeres embarazadas, adultos mayores de 60 años, personas con enfermedades de base y personal de salud, considerados de mayor riesgo frente a enfermedades respiratorias.
La vacuna de este año incorpora protección contra la variante “k”, asociada a complicaciones recientes, y las autoridades también instaron a fortalecer la inmunización en unidades educativas, promoviendo la corresponsabilidad entre padres de familia e instituciones.
Desinformación y emociones: la raíz de la resistencia
La resistencia a la vacunación no responde únicamente a la falta de información. Existen factores sociales, culturales y emocionales que influyen en la decisión.
“Las decisiones muchas veces se basan más en percepciones subjetivas que en evidencia científica”, señala la docente universitaria.
El miedo a posibles efectos adversos, aunque sean poco frecuentes, pesa más que los datos. A esto se suman experiencias negativas previas con el sistema de salud y la influencia del entorno cercano.
“La desconfianza en las instituciones sanitarias y las creencias culturales también juegan un papel importante”, afirma la experta.
Además, la percepción de que la influenza es una enfermedad leve reduce la urgencia de vacunarse, especialmente en personas jóvenes.
No vacunarse: un riesgo individual y colectivo
Más allá de la decisión personal, no vacunarse tiene consecuencias que trascienden al individuo. “La decisión de no vacunarse incrementa el riesgo de contraer influenza y desarrollar complicaciones graves como neumonía o incluso la muerte”, advierte Ramos.
Los grupos más vulnerables —adultos mayores, niños pequeños, mujeres embarazadas y personas con enfermedades crónicas— enfrentan mayores riesgos. Pero el impacto no se limita a ellos.
“No vacunarse también favorece la transmisión del virus en la comunidad, afectando a personas con menor capacidad de respuesta inmunológica”, enfatiza.
Frente a este escenario, la especialista subraya la necesidad de estrategias integrales que combinen educación y comunicación efectiva. “Es clave generar espacios de diálogo donde las personas puedan expresar sus dudas y recibir información sin juicios”, concluye.
La vacuna contra la influenza no solo es una herramienta de prevención, sino también un acto de responsabilidad colectiva. En tiempos de desinformación, la evidencia y la confianza se convierten en aliados indispensables para proteger la salud pública.