Educar para la sostenibilidad: el desafío urgente de transformar la educación en tiempos de crisis

En medio de la crisis climática, la desigualdad social, la aceleración tecnológica y una creciente pérdida de sentido colectivo, la educación enfrenta el reto de reinventarse. Ya no basta con transmitir contenidos ni formar profesionales competitivos; el desafío es preparar ciudadanos capaces de sostener la vida, tomar decisiones éticas y responder a problemas complejos con una mirada integral y responsable.

“En estas múltiples crisis económica, social, ambiental y, por no decir, crisis de sentido, creemos que la educación es la única alternativa para realmente cambiar las cosas desde raíz”, afirma Verónica Ágreda, rectora nacional de la Universidad Franz Tamayo, Unifranz. Su planteamiento apunta a una transformación estructural del sistema educativo, que vaya más allá de la empleabilidad y coloque la sostenibilidad como eje transversal del aprendizaje.

La idea de educar para la sostenibilidad no se limita al cuidado del medioambiente. Implica repensar el rol de las universidades y las escuelas frente a desafíos globales que exigen nuevas competencias, valores y formas de relacionamiento social. Para Ágreda, la formación debe anticiparse a un mercado laboral en constante mutación. 

“Hoy hablamos de profesiones que todavía no existen. Hace unos años nadie pensaba en un community manager, ahora ya es indispensable. Pronto necesitaremos expertos en ciencia de datos, inteligencia artificial, energías alternativas (…) y todo en tiempo real, no podemos esperar cuatro años para aplicar lo que aprendemos”, subraya.

Desde una perspectiva internacional, Francesc Pedró, director del Instituto Internacional de la Unesco para la Educación Superior en América Latina y el Caribe (Unesco-Iesalc), advierte que la educación también atraviesa su propia crisis de pertinencia. 

“En un momento de crisis, la universidad tiene que convertirse no solo en el oráculo de hacia dónde tenemos que ir, sino en una comunidad viva —de profesores, estudiantes y personal técnico— que busque salidas concretas a los desafíos de nuestra época”, sostiene.

Pedró identifica tres campos estratégicos para una educación alineada con la sostenibilidad: el desarrollo científico y tecnológico —especialmente en áreas vinculadas a la inteligencia artificial—; el impulso de una economía verde que promueva el uso responsable de los recursos naturales; y el fortalecimiento de las profesiones del cuidado. “No se trata solo de preparar ingenieros, sino de formar personas capaces de construir un futuro más justo y empático”, remarca.

En esa misma línea, el educador y escritor español César Bona amplía el concepto de sostenibilidad más allá de lo ecológico. “Cada acción que hagamos o promovamos tiene que tener en cuenta el respeto a uno mismo, el respeto a los demás y el respeto al lugar donde vivimos”, enfatiza. Reconocido entre los mejores docentes del mundo por el Global Teacher Prize, Bona insiste en que la educación debe generar una transformación real. “Si no hay transformación, ¿para qué sirve la educación?”, cuestiona.

Para el pedagogo, el objetivo es claro: preparar a niños y jóvenes no solo para sobrevivir, sino para vivir bien. Esto implica dotarlos de herramientas académicas, pero también de valores, pensamiento crítico, empatía y responsabilidad. En un escenario atravesado por la revolución digital, plantea además la necesidad de educar en el uso ético de la tecnología. “Hay niños de 8 o 9 años que preguntan: ‘¿para qué voy a hacer esta tarea si ya la resuelve ChatGPT?’”, comenta, aludiendo a un entorno que obliga a replantear metodologías y propósitos educativos.

La sostenibilidad educativa también exige adaptabilidad. Pedró señala que “los estudiantes de hoy no son como los de hace veinte años. Las estrategias pedagógicas deben ser más diversas y adaptativas para mantenerlos en la ruta hacia el éxito”. Esto supone apostar por la formación continua, las microcredenciales y modelos flexibles que permitan aprender a lo largo de toda la vida.

Sin embargo, la transformación no puede reducirse a la incorporación de tecnología o a la actualización de perfiles profesionales. Requiere políticas públicas sólidas, inversión en calidad educativa y un compromiso institucional que coloque la vida y el bienestar colectivo en el centro del proceso formativo.

Educar para la sostenibilidad es, en definitiva, educar para la vida. Significa formar personas conscientes de su impacto en el entorno, capaces de convivir en diversidad y de construir soluciones con sentido ético. Como resume César Bona: “Lo que somos y lo que queremos ser empieza siempre en la educación. Por eso debe estar a la vanguardia”.

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