Bad Bunny en el Super Bowl: la neurociencia detrás de un show que activó la memoria colectiva
Emoción, sorpresa y conexión con los recuerdos son sensaciones que millones de personas compartieron durante el show de medio tiempo del Super Bowl LX, protagonizado por Bad Bunny en el Levi’s Stadium de Santa Clara (California), en una presentación que trascendió lo musical para convertirse en un fenómeno neurocientífico en la vitrina más vista del entretenimiento global.
La presentación fue polémica, con posiciones muy fuertes a favor y en contra del cantante puertoriqueño y su posición; pero, más allá del debate político o del entretenimiento, ¿por qué genera reacciones tan polarizantes? ¿Por qué un espectáculo de medio tiempo en una de las principales vitrinas del entretenimiento mundial tuvo tanta trascendencia?
“La neurociencia social explica mucho de cómo los estímulos externos, la identidad social y cultural, y los sonidos van a permitir que ciertas áreas del cerebro se puedan ir conectando”, afirma James Robles, director de la carrera de Psicología de la Universidad Franz Tamayo (Unifranz) y responsable del Instituto de Neurociencias de esa casa de estudios superiores.
El Super Bowl es, año tras año, uno de los eventos televisivos más vistos del planeta, con audiencias que superan los 100 millones de espectadores. Su show de medio tiempo se ha transformado en un ritual colectivo que va más allá del deporte: reuniones familiares, transmisiones globales y una conversación digital en tiempo real convierten esos minutos en un fenómeno cultural compartido.
En ese contexto, la elección de un artista puertorriqueño que interpreta mayoritariamente en español representó una apuesta estratégica por conectar con audiencias diversas y con el peso creciente de la música latina en el mercado estadounidense.
Desde la perspectiva neurocientífica, la planificación de un evento de esta magnitud implica diseñar estímulos capaces de impactar en el sistema de recompensa del cerebro.
“A través de los estímulos se activan estructuras como el núcleo accumbens, la corteza prefrontal, la ínsula y el cíngulo anterior frontal. Cuando se planifica un evento así, la gente recibe una dosis dopaminérgica que le permite sentir placer e identidad”, explica Robles.
La música rítmica, los cambios de intensidad, las coreografías multitudinarias y la puesta en escena vibrante no solo buscan impresionar visualmente. Activan la liberación de dopamina, serotonina y endorfinas, neurotransmisores asociados al bienestar y la euforia. Esta respuesta bioquímica ayuda a entender por qué el espectáculo generó una reacción inmediata en redes sociales y se mantuvo en la conversación pública días después.
Sin embargo, el impacto más profundo estuvo ligado a la identidad cultural. La inclusión de referencias explícitas a Puerto Rico y a otros países latinoamericanos, así como el uso predominante del español en un escenario históricamente angloparlante, operaron como detonantes emocionales.
“La identidad cultural tiene que ver con la emoción. Esta emoción es un motor que impulsa a obrar, pero ese motor se impulsa con estímulo”, sostiene Robles.
El especialista subraya que la organización escénica y la energía colectiva reforzaron esa sensación de pertenencia.
“Involucraba a todo el continente. Es importante que él hubiese resaltado estos aspectos, ya que todos se han sentido parte e identificados, no solamente los que estaban ahí, sino los que estábamos atrás, en la televisión o en redes sociales”, señala.
Desde el funcionamiento cerebral, la emoción intensa fortalece la consolidación de recuerdos en la memoria a largo plazo. Aquello que se percibe como significativo —por orgullo, representación o sorpresa— tiene mayores probabilidades de ser almacenado y evocado en el futuro. “Algo que rompe los esquemas y los paradigmas normalmente va a llamar la atención y va a permitir que nosotros lo dejemos dentro de la memoria a largo plazo, porque es algo muy significativo”, explica Robles.
La ruptura de expectativas fue otro componente clave. En un contexto donde predomina el inglés, abrir y sostener un espectáculo en español alteró el patrón esperado.
“Normalmente el cerebro se siente atraído por aquello desconocido, aquello que rompe esquemas y que tiene algún tipo de conocimiento previo, como lo cultural. Él ha combinado el sonido, la cultura y el hecho de romper esquemas, y eso le llama mucho la atención a las personas”, añade.
Este fenómeno también puede entenderse a través de la sincronización social. Cuando miles de personas corean una canción o replican una coreografía, se produce una alineación de ritmos y emociones que refuerza la sensación de comunidad. En términos neurobiológicos, intervienen áreas como la zona tegmental ventral y el giro del cíngulo, vinculadas con la motivación y la integración emocional.
“Se activan dopamina, serotonina y endorfinas que nos van a permitir procesar esa información en una memoria que vamos a recordar por mucho tiempo”, detalla Robles.
Así, el show de medio tiempo del Super Bowl LX no solo consolidó a Bad Bunny como un ícono transnacional, sino que evidenció cómo la música puede convertirse en un catalizador de identidad compartida en un entorno saturado de estímulos. En palabras del propio Robles, mezclar contextos sociales, culturales y musicales, y atreverse a romper lo establecido, permite que el cerebro priorice aquello que considera relevante.
Cuando emoción, sorpresa e identidad convergen, el resultado no es solo un espectáculo exitoso, sino un recuerdo colectivo que permanece. Y en esa intersección entre cultura y biología, el medio tiempo de Bad Bunny encontró su verdadera potencia.