¿Por qué los abogados del futuro deben entender la tecnología para no quedar fuera del sistema jurídico?

By Manuel Joao Filomeno Nuñez

La digitalización ya no es una promesa lejana para el mundo jurídico, sino una realidad que redefine cómo se ejerce, se enseña y se aplica el Derecho. Contratos electrónicos, audiencias virtuales, inteligencia artificial, evidencia digital y ciudadanía digital forman hoy parte del ecosistema legal cotidiano. En este contexto, la formación tradicional del abogado resulta insuficiente si no incorpora competencias tecnológicas básicas que permitan comprender y regular los nuevos entornos digitales. 

“El uso de la tecnología en el Derecho ya no es opcional, es una condición mínima para ejercer con responsabilidad en un sistema judicial cada vez más digitalizado”, explica William Llanos, docente de la carrera de Derecho de la Universidad Franz Tamayo (Unifranz). 

A su juicio, los abogados del futuro deberán entender no solo las normas, sino también las herramientas tecnológicas sobre las que esas normas operan. 

“Hoy hablamos de ciudadanía digital, de plataformas judiciales, de interacción con entidades públicas a través de sistemas informáticos; quien no entienda eso, simplemente queda rezagado”, afirma.

Uno de los ámbitos donde esta brecha resulta más evidente es el manejo de la evidencia digital. Correos electrónicos, mensajes de WhatsApp, registros de geolocalización o transacciones en línea son pruebas habituales en procesos judiciales. 

“Estamos frente a un cambio profundo: ya no se litiga solo con expedientes en papel, sino con información alojada en la nube, en servidores y en bases de datos digitales”. El docente subraya que “sin alfabetización digital, el abogado corre el riesgo de no comprender la prueba que presenta o que impugna”.

La pandemia aceleró este proceso de transformación, obligando a los sistemas judiciales a adoptar esquemas híbridos. “Hemos entendido que las herramientas tecnológicas no están para facilitar sentencias, sino para facilitar la gestión de los procesos”, explica.

Audiencias virtuales, notificaciones electrónicas y plataformas digitales llegaron para quedarse. Según el académico, el error sería pensar que todo volverá a ser como antes; el cambio es irreversible.

La irrupción de la inteligencia artificial (IA) plantea, además, nuevos desafíos legales y éticos. Llanos sostiene que “una de las áreas más impactadas será la investigación legal, donde la IA puede analizar grandes volúmenes de datos en tiempos muy breves, identificar patrones y ofrecer análisis predictivos”. En ese sentido, recalca que “esto no reemplaza al abogado, pero sí redefine su rol, liberándolo de tareas repetitivas y exigiéndole mayor capacidad estratégica y crítica”.

Ejemplos recientes en la región muestran hasta dónde puede llegar esta transformación. “Ya hemos visto casos en los que normas legales fueron redactadas con apoyo de inteligencia artificial y aprobadas sin modificaciones”, recuerda Llanos, quien aclara que este fenómeno obliga a repensar la autoría, la responsabilidad y la ética en la producción normativa. “Si el abogado no entiende cómo funciona la tecnología, difícilmente podrá regularla o controlarla”, advierte.

Otro eje central es la LegalTech y su impacto en la ciudadanía digital. Para Llanos, “el Gobierno Electrónico y las plataformas digitales permiten reducir burocracia, agilizar trámites y acercar la justicia a la gente”. Sin embargo, reconoce que persisten resistencias culturales. “Estamos frente a un choque generacional: una generación nativa digital que concibe la nube y otra que sigue aferrada a las fojas físicas”, explica William Llanos, insistiendo en que la alfabetización digital es el gran reto pendiente.

En este escenario, las universidades cumplen un rol clave. “La academia tiene la misión de adaptarse rápido a estos cambios para que la revolución tecnológica no sea traumática para la sociedad jurídica”, sostiene Llanos. A su entender, no se trata de convertir a los abogados en programadores, sino de dotarlos de competencias básicas en tecnología, sistemas digitales y pensamiento interdisciplinario. 

“El abogado del futuro no trabajará solo: interactuará con ingenieros, programadores y especialistas en datos”, afirma.

Finalmente, Llanos resume el desafío con una advertencia clara: “La tecnología no viene a reemplazar al abogado, pero sí va a reemplazar al abogado que no se actualice”. En un mundo donde el Derecho y lo digital avanzan de la mano, entender la tecnología se convierte en una condición indispensable para garantizar justicia, eficacia y vigencia del sistema jurídico en el siglo XXI.

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