La conflictividad social golpea al turismo y profundiza pérdidas económicas y de imagen para el país

By Manuel Joao Filomeno Nuñez

La conflictividad social, expresada en bloqueos de carreteras y marchas, vuelve a instalarse como un problema recurrente y de larga duración para el turismo en el país, generando perjuicios económicos, operativos y de reputación que se arrastran más allá de los días de protesta y afectan a toda la cadena del sector, especialmente en temporadas clave de alta afluencia de visitantes.

“Es terrible, porque los bloqueos y el hecho de perjudicar el libre tránsito no repercuten solo en el lugar donde ocurren, sino que se proyectan a nivel internacional, generando alertas de viaje y recomendaciones para no venir al país, lo que termina siendo un perjuicio para todos”, advierte Juan Carlos Núñez, docente de la carrera de Administración de Hotelería y Turismo.

A partir de esa afectación inmediata a la percepción de seguridad, uno de los principales perjuicios es la ruptura de la experiencia turística. Según explica Núñez, los visitantes llegan con itinerarios organizados, reservas de hotel, transporte y alimentación previamente contratados. Cuando las carreteras se cierran, esa cadena se rompe: los turistas quedan varados durante horas o días, pierden conexiones y viven situaciones de incertidumbre que transforman el viaje en una experiencia negativa. Ese malestar no se queda en lo anecdótico, sino que se traduce en quejas en plataformas internacionales y advertencias emitidas por embajadas.

El impacto económico es otro de los efectos más severos. En los últimos días, en menos de diez días de conflicto, el sector turístico a nivel nacional llegó a registrar pérdidas de alrededor de 30 millones de bolivianos, una cifra que refleja solo una parte del daño real. 

El turismo tiene un fuerte efecto multiplicador y, cuando se paraliza, no solo deja de percibir ingresos el hotel o la agencia de viajes, sino también el transportista, el artesano, el productor de alimentos y los pequeños comercios que dependen del flujo de visitantes.

“Por cada empleo directo, se generan muchos indirectos; cuando el turismo se frena, la cadena funciona al revés”, resume Núñez.

La cancelación de reservas es una consecuencia inmediata, pero también una de las más persistentes. Empresas extranjeras que ya tenían grupos confirmados optan por suspender viajes durante semanas o meses, incluso si el conflicto se resuelve en el corto plazo. Esto provoca que el daño se extienda en el tiempo, afectando especialmente al primer trimestre del año, un periodo tradicionalmente fuerte para el turismo por las festividades culturales y las vacaciones de verano en Sudamérica.

A nivel interno, la situación tampoco es favorable. Los turistas nacionales, ante la falta de garantías de tránsito y servicios básicos, optan por cancelar o acortar sus viajes. Núñez describe escenarios en los que las personas quedan detenidas en carretera sin acceso a alimentación, baños o alojamiento, lo que refuerza la sensación de inseguridad y desalienta el turismo interno. A ello se suman prácticas abusivas en algunos puntos de bloqueo, donde se cobra dinero para permitir el paso, profundizando la percepción de desorden y falta de control.

Todo este escenario termina dañando la imagen del país como destino turístico confiable. En plena temporada alta, lugares emblemáticos como Uyuni, Copacabana, Oruro o La Paz ven reducida la llegada de visitantes, mientras hoteles y operadores reportan ocupaciones mínimas. La conflictividad social, aunque tenga demandas legítimas, termina golpeando a uno de los sectores más sensibles y estratégicos para la diversificación económica.

Educación turística como salida de fondo

Frente a este panorama, Núñez plantea una solución de largo plazo basada en la educación turística. A su criterio, el problema no se resolverá únicamente con medidas coyunturales, sino con la construcción de una conciencia colectiva sobre la importancia del turismo como generador de ingresos y empleo. 

“Hay países donde, incluso con conflictos, se prioriza el turismo porque se entiende que beneficia a todos. Eso se logra con educación desde el colegio”, sostiene el experto.

El docente destaca que en municipios con vocación turística ya se observa una mayor comprensión de este enfoque. Comunidades que dependen directamente del turismo entienden que bloquear carreteras o impedir el tránsito termina perjudicándolas a ellas mismas, sobre todo considerando que la época alta es corta y que los meses de baja afluencia reducen significativamente los ingresos.

En ese sentido, la educación turística no solo apunta a formar profesionales del sector, sino a generar una cultura ciudadana que valore al turismo como una actividad estratégica para el desarrollo local y nacional. Para Núñez, sin esa visión compartida, la conflictividad social seguirá repitiéndose con el mismo resultado: pérdidas millonarias, oportunidades desperdiciadas y una imagen país debilitada ante el mundo.

En este marco, la carrera de Administración de Hotelería y Turismo de Unifranz impulsa a sus estudiantes a entender el sector como una red interconectada en la cual cada aspecto, la hotelería, el transporte, la gastronomía y los servicios se integran para brindar experiencias y generar ingresos que aporten a toda la comunidad, por lo que, mediante el “aprender haciendo” impulsan la educación turística en todas las áreas en las que se desempeñan.

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