Informalidad y una brecha de género que se acorta: la fotografía del empleo tomada por el Censo

By Leny Chuquimia

La juventud enfrenta una serie de desafíos significativos en el proceso de transición de la educación al empleo

El 23 de marzo de 2024, cuando Bolivia se detuvo para contarse a sí misma, no solo se registraron hogares y habitantes. Ese día, también quedó trazada una fotografía de cómo se mueve el país en el mundo del trabajo, quiénes producen, quiénes buscan empleo y quiénes han quedado fuera del mercado laboral.

Los resultados, presentados por el Instituto Nacional de Estadística (INE), un año y medio después, muestran que algo cambió en la dinámica laboral. Hoy son más los bolivianos que trabajan, el autoempleo se consolida como la principal forma de subsistencia y las mujeres ganan terreno en el mercado laboral.

“Hablar de empleo es hablar del futuro de miles de familias, de jóvenes que quieren quedarse en el país, de trabajadores que buscan estabilidad y de emprendedores que necesitan apoyo”, señaló Rafael Vidaurre, coordinador del Observatorio Nacional del Trabajo (ONT), centro de pensamiento estratégico de la Universidad Franz Tamayo (Unifranz), durante el conversatorio Hacia una propuesta robusta de empleo y empleabilidad para Bolivia.

Una Bolivia más trabajadora

El censo registró 11,2 millones de personas que especificaron su condición de actividad, de las cuales 8,1 millones están en edad de trabajar. No obstante, no todas forman parte de la economía: la población activa suma 5,9 millones de bolivianos.

Entre ellos, los jóvenes marcan presencia. Más de 1,4 millones tienen entre 20 y 29 años, lo que representa una tasa de participación del 82%, en el rango etáreo. Sin embargo, entre los más de dos millones de personas inactivas, 171.823 también son jóvenes. Es decir, la juventud aparece activa en las cifras, pero no siempre vinculada a un empleo formal o estable.

El crecimiento de la participación laboral es innegable. En 2024 se alcanzó el 71,4% de la población, un salto frente al 64,5% del censo de 2012 y al 56% del realizado en 2001. 

Entre los jóvenes de 20 a 29 años, la tasa asciende al 79,3%. Pero al observar la diferencia por género surge una realidad persistente: mientras 78,9% de los hombres están en el mercado laboral, en el caso de las mujeres la participación llega al 64,2%.

“En Bolivia, la juventud enfrenta una serie de desafíos significativos en el proceso de transición de la educación al empleo. A pesar de los avances en cobertura educativa, persisten altas tasas de desempleo y precariedad laboral entre los jóvenes”, advierte el estudio El empleo juvenil en Bolivia, elaborado por Vidaurre y Verónica Ágreda de Pazos, rectora nacional de Unifranz.

El país del autoempleo

Las cifras invitan al optimismo, pero también desnudan una verdad incómoda. La mitad del país se gana la vida por cuenta propia. Según el censo, el 51,8% de los ocupados trabaja de manera independiente, mientras que el 37,5% recibe un salario fijo y apenas el 1,9% se reconoce como empleador. El resto -un 8,6%- se desempeña como trabajador familiar o aprendiz sin remuneración.

Esa radiografía revela un país donde la mayor parte de la gente “se inventa” su propio empleo. La agricultura, la pesca y la actividad forestal concentran casi tres de cada diez ocupados. En las ciudades, el comercio y los servicios son la segunda gran fuente de ingresos, mientras que la construcción y la manufactura completan el mapa laboral.

Este predominio del autoempleo confirma que la economía boliviana sigue asentada en la informalidad, un terreno que asegura ingresos inmediatos, pero deja en la incertidumbre la productividad, la seguridad social y la estabilidad de millones de trabajadores.

“El empleo juvenil en Bolivia ha sido históricamente caracterizado por altos niveles de informalidad, precariedad y desajuste entre la formación educativa y las demandas del mercado laboral. A pesar de los esfuerzos gubernamentales y de diversas organizaciones, los jóvenes continúan enfrentando desafíos significativos para acceder a empleos dignos y estables”, refuerza el documento de Vidaurre y Ágreda.

Un mapa para decidir

El Censo 2024 no es solo un archivo de números; es una brújula. Sus tabulados, que ahora son de acceso público, permiten leer con detalle la condición de actividad y los grupos ocupacionales en cada municipio. Con esa información, se abren las puertas a diagnósticos más precisos y a políticas ajustadas a la realidad de cada región.

Aquí, la labor de la academia cobra un papel decisivo. El Observatorio Nacional del Trabajo (ONT), creado por Unifranz, nació justamente para recopilar, analizar y difundir información sobre el mercado laboral. Su propósito es contribuir al diseño de políticas públicas, orientar a las empresas en la toma de decisiones y, desde la formación académica, cerrar la brecha entre la oferta educativa y la demanda real de empleo.

Se trata de tender puentes entre la educación y el trabajo, de manera que cada cifra del censo deje de ser un dato frío y se convierta en una oportunidad real para los bolivianos.

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