Aprender para no fallar: así Unifranz transforma la formación médica en Bolivia
Imagina un lugar donde equivocarse no cuesta vidas, pero sí puede salvar miles. Un espacio donde el error no es castigo, sino aprendizaje; donde la práctica antecede al miedo y la confianza se construye antes del primer paciente real. Un lugar donde los estudiantes no solo leen sobre cirugías, emergencias o decisiones críticas: las viven, las entrenan, las repiten hasta dominarlas.
Ese lugar existe, está en Bolivia y se llama Unifranz.
La pronta implementación del Centro Avanzado de Simulación y Entrenamiento Médico —CASEM— marcará un antes y un después en la formación médica de Cochabamba y del país. No se trata simplemente de un laboratorio. CASEM es, en esencia, una filosofía hecha espacio para lograr la excelencia académica y nuevos médicos con criterio, ética y seguridad.
«El CASEM es un espacio donde los futuros médicos entrenarán como si ya estuvieran salvando vidas», explica el Dr. Jimmy Venegas, decano académico de Unifranz.
En este centro se simulan escenarios reales: emergencias complejas, cirugías delicadas, decisiones que en la vida real no admiten dudas. Aquí, el estudiante aprende a pensar bajo presión, a priorizar, a asumir responsabilidad. «La simulación reduce el error, fortalece la confianza y eleva la calidad de atención que luego llega a la sociedad. Esto es excelencia académica aplicada a la vida real», subraya.
Pero CASEM no camina solo. Está sostenido por una metodología que atraviesa toda la formación médica de Unifranz: aprender haciendo. Para el Dr. Nelson Torrez, director de la carrera de Medicina, esta idea es mucho más que un eslogan.
«Significa que el estudiante no espera al título para actuar. Aprende desde el primer día, con práctica supervisada, con tecnología y con sentido de responsabilidad» puntualiza.
Este modelo rompe con una tradición de formación pasiva y propone algo más exigente: formar médicos capaces de responder a la realidad, no de memorizarla. «Así formamos médicos preparados para la realidad, con sensibilidad humana y principios éticos», afirma Torrez.
Porque la medicina no se ejerce solo con conocimiento, sino con humanidad; no solo con técnica, sino con criterio.
Ausencia del miedo
Ese impacto se siente con fuerza cuando la teoría deja definitivamente el aula y entra al hospital. Diandra Siles García, interna de Medicina, lo vive en carne propia. Su testimonio habla no solo de rankings y de certificaciones, sino de algo también profundo: la ausencia del miedo. «Significa llegar a un hospital y no sentir miedo. Significa que cuando un paciente me necesita, yo ya sé qué hacer. Porque practiqué mil veces antes», dice. En su voz hay convicción, pero también gratitud. «Unifranz no solo me dio conocimiento: me dio confianza. Me dio la certeza de que puedo cambiar vidas. Y eso… eso no tiene precio».

Ahí aparece el verdadero impacto social de la excelencia educativa. No como discurso, sino como consecuencia. Un estudiante seguro reduce errores. Un médico bien entrenado salva tiempo, decisiones y, sobre todo, vidas. La educación de calidad no se queda en el campus: llega a los hospitales, a las salas de emergencia, a las familias que confían en un profesional que sabe lo que hace y por qué lo hace.
Guardianes de la vida
Unifranz entiende que formar médicos es formar guardianes de la vida. Por eso invierte en tecnología, en simulación, en acompañamiento académico y humano. Por eso apuesta por una educación donde equivocarse es parte del camino, pero nunca del resultado final. Donde la práctica no improvisa, se entrena. Donde la excelencia no es un título, sino una responsabilidad social.
En tiempos donde la salud exige respuestas inmediatas, la medicina no puede aprender sobre la marcha. Debe llegar preparada. Y en Unifranz, esa preparación comienza mucho antes del primer paciente real.
Porque esto no es medicina del futuro. Es medicina de verdad.
Unifranz: donde los médicos del futuro ya están salvando vidas hoy. Excelencia certificada. Impacto real.