Cuando el corazón pesa más de la cuenta: cómo diferenciar la tristeza de la depresión

Por Lily Zurita Zelada

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La madrugada sorprendió a Mariana mirando el techo, sintiendo un nudo en el pecho que llevaba semanas sin soltarse. Todo había comenzado con una ruptura amorosa, un dolor natural que pensó que pasaría. Pero con el tiempo, la pesadez no sólo no desapareció, sino que se instaló en su rutina, afectó su energía y transformó su manera de verse a sí misma. Fue entonces cuando se preguntó si aquello seguía siendo tristeza o, tal vez, algo más profundo.

Historias como la de Mariana son cada vez más frecuentes en la actualidad y revelan la necesidad de comprender mejor qué está pasando emocionalmente. Diferenciar la tristeza de la depresión es fundamental para buscar apoyo a tiempo. 

Sobre ello reflexiona Liudmila Loayza, directora de la carrera de Psicología de la Universidad Franz Tamayo (Unifranz), quien aclara que, aunque suelen confundirse, “la tristeza es una emoción, mientras que la depresión es un trastorno del estado de ánimo que requiere tratamiento”.

Una emoción frente a un trastorno

Loayza explica que la tristeza es una reacción esperable ante situaciones difíciles. “Siempre hay un detonante claro: una pérdida, una mala noticia, un rechazo o algo que no salió como se esperaba”. Este sentimiento se manifiesta con llanto, suspiros, preocupación o incluso insomnio, dependiendo del evento que lo provocó.

La depresión, en cambio, es una condición más compleja. “En la depresión, la tristeza está presente, pero lo que realmente caracteriza al trastorno es la forma en que la persona piensa: un contenido mental fatalista, catastrófico, donde se pierde el sentido positivo de la vida”, señala la experta. Esta distorsión del pensamiento afecta la conducta, que se vuelve más lenta, sin energía y con dificultades para disfrutar actividades cotidianas.

Síntomas que marcan la diferencia

Aunque ambos estados comparten elementos, hay señales que permiten distinguirlos. La tristeza, al tener un origen identificable, suele disminuir con el tiempo. 

“Es una emoción humana normal y transitoria”, afirma Loayza. Actividades como conversar, compartir con amigos, salir a caminar o cambiar la rutina suelen ayudar a que la emoción se disipe.

La depresión, en cambio, no desaparece sola. Sus síntomas —la desesperanza persistente, la autovaloración negativa, la visión pesimista del futuro— pueden mantenerse por semanas o meses. 

“Cuando la sensación de vacío se prolonga más allá de lo esperado, puede estar afianzándose un trastorno depresivo que necesita atención profesional”, advierte la profesional psicóloga.

Loayza explica que la depresión puede ser reactiva (provocada por un evento) o un trastorno mayor, con componentes neurológicos. En este último caso, no se puede evitar, pero sí identificar y tratar oportunamente.

El tratamiento: acompañamiento y cambio de pensamiento

Mientras que la tristeza no requiere un tratamiento especializado, la depresión sí. La psicoterapia cognitiva es una de las herramientas más efectivas. “En la depresión trabajamos sobre las creencias irracionales: esa idea de que todo es malo o de que la persona no vale nada. Al modificar el pensamiento, cambian también las emociones y la conducta”, explica la profesional.

Cuando la depresión es más profunda, puede requerirse apoyo farmacológico. En esos casos, la intervención de un psiquiatra resulta clave. “Los antidepresivos no actúan de inmediato, pero ayudan a regular los neurotransmisores y abren el camino para que la psicoterapia produzca cambios más duraderos”, señala Loayza.

La familia: un pilar en ambos procesos

El entorno cercano desempeña un papel fundamental tanto en la tristeza como en la depresión. En los episodios de tristeza, la compañía, la escucha empática y la distracción pueden ser suficientes para acompañar el proceso emocional.

Pero frente a la depresión, el rol familiar es aún más importante. “Es recomendable que la familia también participe en terapia, porque sin darse cuenta puede estar reforzando ciertos síntomas o dinámicas que afectan a la persona”, explica Loayza. Comprender el trastorno, saber cómo apoyar y reconocer señales de alerta puede marcar la diferencia en la recuperación.

Aceptar, reconocer y pedir ayuda

Sentirse triste es parte de la vida. Es una emoción tan humana como la alegría y no debe ser reprimida. Lo que no debe normalizarse es vivir atrapado en pensamientos que oscurecen todo. Reconocer que algo no está bien no es una debilidad, es el primer paso hacia la búsqueda de ayuda.

“La tristeza no se evita, pero la depresión sí se puede tratar y, en muchos casos, prevenir cuando se identifica a tiempo”, concluye la especialista y docente en la carrera de Psicología de la Universidad Franz Tamayo. 

Mariana finalmente pidió apoyo, entendió lo que estaba viviendo y comenzó un proceso que le devolvió la claridad emocional. Su historia es un recordatorio de que comprender nuestras emociones es, a veces, el camino más valiente para sanar.

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